Archivo de Octubre 2008

h1

Justicia divina…

Octubre 31, 2008

 

Y continuando con la historia que encontro Menrolin, me he topado con este articulo. Leedlo porque merece la pena. Es un claro caso de justicia divina, o “arrieritos somos”…

 

Los cinco críticos feroces
por Hernán Casciari

Esto pasó hace muchos, muchísimos años. Para ser exacto, tres. En las historias de la vida real quizás tres años suenen a poco, pero para una anécdota virtual tres años es la prehistoria. Internet es una sociedad falsa que avanza a cámara rápida: las relaciones personales son veloces y efímeras, los éxitos y los fracasos no tienen la menor importancia, la experiencia se adquiere con facilidad y las buenas moralejas a veces ocurren por una carambola del destino. Lo que voy a contar ocurrió en ese tiempo, en ese mundo.

A mediados de 2005 yo había terminado de escribir mi primera historia de ficción en un blog, y había comenzado la segunda. Sin buscarlo, las cosas estaban saliendo bien. En casa empezaba a sonar el teléfono: un par de editoriales europeas ofrecían dinero por mi novelita, algunas productoras de televisión me tanteaban para escribir guiones, etcétera. Impulsos suficientes para dejar de madrugar en la redacción de un diario por un sueldo fijo.

Con cautela, y sintiendo en la nuca los ojos asustados de Cristina, dije adiós al mundo real y me acomodé en el otro mundo, uno que se transita en pijama y sin apuros.

Fue entonces que empecé a tener demasiado tiempo libre. El tiempo libre y el trabajo online son una mezcla peligrosa: no sólo te deforman la columna vertebral y el culo, sino también la perspectiva de la realidad. De repente, los asuntos virtuales comienzan a parecerte importantes.

A mí me ocurrió la desdicha de darle trascendencia a cuestiones insignificantes el día que un grupo de cinco críticos, desde sus blogs, comenzaron a burlarse de mi obra, o de mí, con argumentos crueles y estrafalarios. Más tarde entendería que la exposición (aparecer en la prensa, publicar algún libro, tener lectores) es directamente proporcional al número de intelectuales que te desprecia, pero aquélla fue la primera vez que me pasaba y me costó mucho asimilarlo.

Ahora tengo más detractores que entonces —porque mi exposición es mayor—, pero esos primeros cinco consiguieron, más de una vez, empañarme el ánimo y lograron que me hiciera la peor de las preguntas: ¿No tendrán ellos razón?

Ninguno de los cinco críticos portaba un curriculum que los avalara, ni una obra (buena o mala) desde la que posicionarse para agredirme, pero contaban con algo más importante, algo que me dolía. Tenían una edad parecida a la mía, unos gustos semejantes a los míos y una idéntica nacionalidad. Por esas tristes razones me fijé en ellos y leí cada una de las cosas horribles que decían sobre el lugar espantoso que ocupaba yo en sus corazones.

Me odiaban, tuve que asumirlo de entrada. Lo que yo escribía les parecía basura, algo todavía más horrible que literatura menor: les parecía puro marketing disfrazado de palabritas.

Llegaron a elaborar una teoría increíble sobre lo que ellos llamaban mi éxito: según sus estudios yo no tenía muchos lectores, sino un sistema informático con el que engañaba a los medidores de audiencia de Internet. Luego esos medidores engañaban a la prensa, y la prensa me hacía entrevistas creyendo que alguien me leía. Los comentarios, todos o la gran mayoría, los hacía yo mismo adoptando diferentes apodos.

Lo que les preocupaba era ver muchos comentarios en mis textos. Más que mi prosa, les producía resquemor que alguien me leyera. En sus cuadernos virtuales debatían sobre mis miserias y estrategias. Decían que preferían mil veces que nadie los leyera, a que los leyera la clase de gente que me leía a mí. Odiaban a mis lectores, la simpleza, la poca exigencia literaria de mis lectores. Una de las frases más recurrentes que usaban para despreciar mi escritura era ésta: escribe lo que sus lectores esperan leer.

Estaban obsesionados conmigo y, esto es lo peor, yo también con ellos, en silencio.

Un par de veces les escribí cartas privadas, explicándoles la confusión: les dije que yo era uno más, que me gustaba la misma música que a ellos, que leía los mismos libros; les aconsejé que intentaran generar una obra en línea, una obra literaria o por lo menos creativa, en lugar de hablar mal de otras personas; les señalé que se les iba toda la energía en eso.

(No les confesé que también se iba la mía, mi energía, leyéndolos, porque quizá ese dato los habría alentado a seguir.)

Hice lo posible para calmarles la rabia, pero no hubo caso; ellos eran felices de ese modo, poniéndose en una vereda distinta y haciendo puntería conmigo. Uno de los cinco publicó partes de mi correo privado, hizo alarde de remitente, se burló en público de mi fragilidad. Entendí que me había equivocado al escribirles, supe que hay una clase de gente que cree que ha triunfado cuando el objeto de su odio le habla con serenidad.

En esa época la desgracia quiso que una cadena alemana de televisión eligiera mi blog como el mejor del mundo. ¡Para qué! Se pusieron como locos y me odiaron muchísimo más que antes, escribieron con doble filo, se ensañaron con más ahínco y elucubraron nuevas teorías sobre mis estrategias de marketing, unas teorías increíbles en las que yo le succionaba la poronga a gente de Berlín a cambio de favores y medallas.

A esas alturas yo ya creía vislumbrar que el odio que me profesaban los cinco críticos no tenía nada que ver con mi obra, sino con otra cosa. Algo más salvaje, más incontrolable. Uno de ellos llegó a escribir, públicamente, que tenía muchas ganas de cagarme a trompadas, y que solamente me salvaba de sus puños el hecho de que viviera lejos. Los otros le rieron la gracia.

Una persona normal se habría desentendido más rápido. Yo mismo, ahora, puedo hacerlo, no me cuesta nada. Pero entonces era la primera vez que me ocurría y no había manera de pasarlos por alto. Por la mañana abría el Clarín, leía lo que pasaba en Argentina, y después, como un autómata, revisaba los blogs de mis cinco críticos, a ver qué nueva barbaridad habían dicho sobre mí.

Entonces, una tarde, pasó algo increíble. Algo que me salvó para siempre de las críticas ajenas, un hecho involuntario y azaroso que me sirvió para quitarme de encima la obsesión, y que me servirá siempre, siempre, como recordatorio.

Lo que pasó es que una tarde, una tarde rocambolesca de hace ahora tres años, en el blog de uno de ellos apareció un texto mío que se llama La verdadera edad de los países.

El dueño del blog, uno de mis cinco feroces detractores, había recibido un mail en cadena con un cuentito de autor anónimo. Un cuentito que lo maravilló y que, con grandes alabanzas, publicó completo.

Los otros cuatro amigos leyeron la entrada y también dejaron sus comentarios sobre el texto anónimo. Impresionante, escribió uno de ellos. Los demás lo secundaron con adjetivos similares. Estaban encantados con el descubrimiento, con el arte “popular y espontáneo” que se genera en internet, con “la fina ironía que trasunta el texto” y con la reputísima madre que los parió.

Dejé pasar unas horas, para ver si se daban cuenta solos del resbalón, pero como sus blogs no tenían más lectores que ellos mismos, nadie les avisó.

Siguieron los cinco conversando sobre el tema, congratulados y felices del hallazgo. Por la noche dejé mi primer y único comentario en uno de sus cuadernos. Les puse: “Cuando descubran al autor se van a querer matar”. No firmé el mensaje.

Imagino que habrán buscado en Google la primera frase del texto, y que habrán dado enseguida con su autor. Imagino la vergüenza callada de mis cinco críticos feroces, que se habían convertido sin querer en cinco lectores más, en cinco lectores corrientes que gustan de leer cuentitos simples.

Después de aquello no hablaron más de mí. Meses más tarde sus blogs empezaron, de a poco, a mejorar.

 

h1

El mundo según Casciari

Octubre 30, 2008

Buceando un poco, he encontrado esto. Me ha parecido ingenioso.

El mundo según Casciari

Por Hernan Casciari

Leí una vez que la Argentina no es mejor ni peor que España, sólo más joven. Me gustó esa teoría y entonces inventé un truco para descubrir la edad de los países basándome en el ’sistema perro’.

Desde chicos nos explicaron que para saber si un perro era joven o viejo había que multiplicar su edad biológica por 7. En el caso de los países hay que dividir su edad histórica entre 14 para saber su correspondencia humana. ¿Confuso?

En este artículo pongo algunos ejemplos reveladores.

Argentina nació en 1816, por lo tanto ya tiene 190 años. Si lo dividimos entre 14, Argentina tiene ‘humanamente’ alrededor de 13 años y medio, o sea, está en la edad del pavo.

Es rebelde, pajera, no tiene memoria, contesta sin pensar y está llena de acné (¿será por eso que le
dicen el granero del mundo?

Casi todos los países de América Latina tienen la misma edad y, como pasa siempre en esos casos, forman pandillas.

La pandilla del Mercosur son cuatro adolescentes que tienen un conjunto de rock. Ensayan en un garaje, hacen mucho ruido y jamás han sacado un disco.

Venezuela, que ya tiene tetitas, está a punto de unirse a ellos para hacer los coros. En realidad, como la mayoría de las chicas de su edad, quiere tener sexo, en este caso con Brasil, que tiene 14 años y el miembro grande.

México también es adolescente, pero con ascendente indígena. Por eso se ríe poco y no fuma ni un inofensivo porro, como el resto de sus amiguitos, sino que mastica peyote, y se junta con Estados Unidos, un retrasado mental de 17, que se dedica a atacar a los chicos hambrientos de 6 añitos en
otros continentes.

En el otro extremo está la China milenaria. Si dividimos sus 1,200 años por 14 obtenemos una señora de 85, conservadora, con olor a pipí de gato, que se la pasa comiendo arroz porque no tiene -por ahora- para comprarse una dentadura postiza. La China tiene un nieto de 8 años, Taiwán, que le hace la vida imposible.

Está divorciada desde hace rato de Japón, un viejo cascarrabias, que se juntó con Filipinas, una jovencita pendeja, que siempre está dispuesta a cualquier aberración a cambio de dinero.

Después, están los países que acaban de cumplir la mayoría de edad y salen a pasear en el BMW del padre. Por ejemplo, Australia y Canadá, típicos países que crecieron al amparo de papá Inglaterra y mamá Francia, con una educación estricta y concheta, y que ahora se hacen los locos.
Australia es una pendeja de poco más de 18 años, que hace topless y tiene sexo con Sudáfrica; mientras que Canadá es un chico gay emancipado, que en cualquier momento adopta al bebé Groenlandia para formar una de esas familias alternativas que están de moda.

Francia es una separada de 36 años, más puta que las gallinas, pero muy respetada en el ámbito profesional. Tiene un hijo de apenas 6 años: Mónaco, que va camino de ser puto o bailarín… o ambas cosas. Es amante esporádica de Alemania, camionero rico que está casado con Austria, que sabe que es cornuda, pero no le importa.

Italia es viuda desde hace mucho tiempo. Vive cuidando a San Marino y al Vaticano, dos hijos católicos idénticos a los mellizos de los Flanders. Estuvo casada en segundas nupcias con Alemania (duraron poco: tuvieron a Suiza), pero ahora no quiere saber nada con los hombres.

A Italia le gustaría ser una mujer como Bélgica: abogada, independiente, que usa pantalón y habla de política de tú a tú con los hombres (Bélgica también fantasea a veces con saber preparar espaguettis).

España es la mujer más linda de Europa (posiblemente Francia le haga sombra, pero pierde espontaneidad por usar tanto perfume).. Anda mucho en tetas y va casi siempre borracha. Generalmente se deja follar por Inglaterra y Después hace la denuncia.

España tiene hijos por todas partes (casi todos de 13 años), que viven lejos. Los quiere mucho, pero
le molesta que, cuando tienen hambre, pasen una temporada en su casa y le abran la nevera.

Otro que tiene hijos desperdigados es Inglaterra. Sale en barco por la noche, se tira a las pendejas y a los nueve meses aparece una isla nueva en alguna parte del mundo. Pero no se desentiende de ella. En general las islas viven con la madre, pero Inglaterra les da de comer. Escocia e Irlanda, los hermanos de Inglaterra que viven en el piso de arriba, se pasan la vida borrachos y ni siquiera saben jugar al fútbol. Son la vergüenza de la familia.

Suecia y Noruega son dos lesbianas de casi 40 años, que están buenas de cuerpo, a pesar de la edad, pero no le dan bola a nadie. Cojen y trabajan, pues son licenciadas en algo. A veces hacen trío con Holanda (cuando necesitan porro); otras, le histeriquean a Finlandia, que es un tipo medio andrógino de 30 años, que vive solo en un ático sin amueblar y se la pasa hablando por el móvil con Corea.

Corea (la del sur) vive pendiente de su hermana esquizoide. Son mellizas, pero la del norte tomó líquido amniótico cuando salió del útero y quedó estúpida. Se pasó la infancia usando pistolas y ahora, que vive sola, es capaz de cualquier cosa.

Estados Unidos, el retrasadito de 17, la vigila mucho, no por miedo, sino porque le quiere quitar sus pistolas.

Israel es un intelectual de 62 años que tuvo una vida de mierda. Hace unos años, Alemania, el camionero, no lo vio y se lo llevó por delante. Desde ese día Israel se puso como loco.

Ahora, en vez de leer libros, se lo pasa en la terraza tirándole piedras a Palestina, que es

una chica que está lavando la ropa en la casa de al lado.

Irán e Irak eran dos primos de 16 que robaban motos y vendían los repuestos, hasta que un día le robaron un repuesto a la motoneta de Estados Unidos y se les acabó el negocio. Ahora se están comiendo los mocos.

El mundo estaba bien así, hasta que un día Rusia se juntó (sin casarse) con la Perestroika y tuvieron como docena y media de hijos. Todos raros, algunos mongólicos, otros esquizofrénicos.

Hace una semana, y gracias a un despelote con tiros y muertos, los habitantes serios del mundo descubrimos que hay un país que se llama Kabardino-Balkaria. Un país con bandera, presidente, himno, flora, fauna….y ¡hasta gente!

A mí me da un poco de miedo que aparezcan países de corta edad, así, de repente. Que nos enteremos de costado y que, incluso, tengamos que poner cara de que ya sabíamos,
para no quedar como ignorantes Y yo me pregunto:

¿Por qué siguen naciendo países, si los que hay todavía No funcionan?

Fuentes:

http://midar.wordpress.com/2006/10/24/81/

http://poesimistas.blogcindario.com/2008/10/01747-el-mundo-segun-casciari.html

Menrold.

h1

Tartas Sánchez

Octubre 27, 2008

Andábamos el otro día entre claras y yemas de huevo con chocolate, haciendo de cocinitas reposteros, cuando surgió una interesante conversación sobre la historia de la tarta con la que en ese momento nos andábamos entre manos: la tarta Sánchez – como la llama Inesita que para eso es de pueblo – también conocida como Sachertorte o tarta Sacher a secas, receta cuya propiedad se disputan el hotel del mismo nombre y la pastelería Demel.

 

Para los que no la conozcan, Demel es la pastelería a la que decían que iba nada menos que la anoréxica de Elisabetta Amalia Eugenia von Wittelsbach-Wittelsbach, más conocida como Sisi emperatriz, a ponerse hasta las trancas de chocolates y dulces cuando no la veían.

 

Hay mucha historia alrededor de todo esto. El autor de la tarta, Fritz Sacher, (pastelero de Metternich, el canciller de Austria cuando ésta era imperiosa como el caballo de Gil & Gil), la inventó y la produjo durante años para el hotel Sacher. Dicho hotel, sin embargo, pasó una época de ciertas estrecheces después de la Segunda Guerra Mundial en la que vendió la receta y todos sus royalties a Demel.

 

Desde entonces andan los dos, hotel y pastelería, liados en juicios por ver de quién son realmente los derechos de explotación de la tarta. El veredicto del último juicio habido al respecto, (el cual imagino que ha sido convenientemente recurrido) dio la razón al hotel Sacher, que es quien actualmente comercializa la tarta de forma oficial. Uno puede degustarla al módico precio de mogollón de euros en la terracita del hotel, o pedirle que la traiga a ese amigo viajero y comprensivo que pasa unas vacaciones en Viena.

 

También se puede adquirir en la dirección http://shop.sacher.com en sus diferentes versiones Grosse, aunque visto cómo está la economía creo que es más aconsejable la opción de hacérsela en casa, como es nuestro caso.

 

 

 

 

La tarta Sánchez. Así, como debe de quedar

 

 

Después de ver la golosa – aunque un tanto demodé – página web de antes, me pregunto si en Albacete no podríamos hacer lo mismo con algún producto del terruño. Recuerdo aquellos torreznos de escándalo que nos tomamos hace poco en cierto bar. Quizá podríamos hacer una web ofertando torreznos como esos. O  podríamos vender por Internet nuestro cotizadísimo ajo de mataero. Algo parecido a la página del http://www.ijam.es/, pero más estilo de Albacete, de nuestra tierra.

 

Ya, si eso, lo pensamos.

En la foto parece muy fina, pero se ve que le iba más el dulzaino que a un perro los picatostes

Walden_tres@hotmail.com

h1

Erecciones albaceteñas

Octubre 20, 2008

Siempre sujetos a un permanente interés por el mundo del arte, hemos propuesto dentro del grupo de gente que participamos en este blog determinar cuál es a nuestro entender la estatua o monumento más feo de Albacete.

 

Tras un certero trabajo de investigación y transcurrido un breve debate, parece alcanzada la unanimidad: la cosa más fea que hemos visto es el “monumento” – permítanseme las comillas – sito en el bulevar de Circunvalación, cuya foto se adjunta.

 

No han sido rival para él – aunque también tienen su trago y recibieron sus votos – ni el hemigordo de la Plaza de Gabriel Lodares, ni los cabezones quijotescos de la Diputación, cuya amorfosidad – o amorfosamiento – haría revolverse en su tumba al mismísimo Igor.

 

Hecha la elección y siendo elevado nuestro interés por la comprensión del arte contemporáneo, el cual no siempre nos queda cercano, nos hemos preguntado cuál ha podido ser la fuente de inspiración de la que ha partido el autor para perpetrar semejante engendro.

 

A la pregunta ¿Esto qué e lo que e?, Inesita responde que la figura bien podría parecerse a una garra de pollo cornúpeta coronada por un dedal, abstracta fusión de estilos con reminiscencias gastronómicas y manufactureras propias de nuestra zona, (aunque igual hubieran sido más apropiados una pata de cordero y unos bolillos). De ahí que la bicha sea denominada de forma común en el grupo como el cuernipollo.

 

Por mi parte, dada las fechas en que el bicho fue erecto – con perdón – y teniendo en cuenta la inconfundible forma de yelmo que adorna el “cabezo” de la estatua, más bien diría que se trata de una transfiguración del mismísimo Sauron del Señor de los Anillos, siendo el agujeraco del centro de la figura un remedo del ojo que todo lo ve, (aunque también podría ser el del culo).

 

Visto que no llegamos a un entente cordiale, vaya desde aquí la pregunta a otros de mente más abierta, que no hayan sido educados en ese nacional catolicismo reaccionario y anticuado que tanto daño ha hecho a nuestras entendederas. A ver si así sacamos algo en claro.

 

Aunque para mí, como decía Javier Krahe, en lo tocante a erecciones la Jacinta en el pilón matarile rilerón.

 

 

 

                 

               

 

 La bicha de circunvalación, una polémica erección

 

Walden_Tres@hotmail.com

h1

Klaatu, Barada, Nictu (el martes estuve en “Los Invasores”)

Octubre 14, 2008

 

No puedo evitarlo. Desde pequeño me viene a la cabeza esta frase cada vez que pienso en “Los Invasores”, ese mercadillo trashumante y semanal que se organiza en Albacete todos los martes.

 

Klaatu, Barada, Nictu es una expresión de culto que ha aparecido en un buen montón de películas de corte freakie, como “El ejército de las tinieblas”. Su origen está en otra película, “Ultimatum a la Tierra”, de Robert Wise. Son las palabras que debía utilizar la prota para desconectar a Gort, un cyborg alienígena de unos tres metros de alto, antes de que destruyera el planeta.

 

La frase es tan mágica y legendaria en el mundo del fandom que yo mismo la he utilizado con voz alta y cavernosa en alguna ocasión para intentar “desconectar” a algún gilipollas de mi trabajo que hablaba o la cagaba más de la cuenta. Por desgracia, se ve que no tengo el tono de voz adecuado, o que el comportamiento cerebral – de haberlo – del gilipollas no se correspondía con el de un cyborg. No sé. El caso es que nunca me ha funcionado. Si alguna vez la utilizan contra ti, cuidado: puede que te estén tomando por un cyborg. O por gilipollas.

 

 

Gort bajando de su utilitario: esto es minimalismo, y no lo del Ferrán Adriá

 

“Los invasores” – como mercado – aparecieron en Albacete más o menos en la época en la que una serie con ese mismo nombre hacía furor en España. El argumento de la misma era una especie de mezcla entre “El fugitivo” – otra serie de culto de la época – y “La invasión de los ladrones de cuerpos”, una de las obras más conocidas de mi venerado Jack Arnold. Tengo entendido – aunque no lo puedo asegurar – que el nombre de “Los invasores” se lo dieron los clientes y los propios comerciantes de Albacete que veían como una plaga de vendedores ambulantes tomaban cada martes posesión con sus fregonetas de malacatones y sus toldillos de un terruño cercano a la Feria, vendían sus mercancías y se largaban de forma tan rápida (y sucia, porque lo dejaban todo hecho un ajco), como habían venido.

 

Todo este brainstorming cienciaficcionero me ha venido a raíz de releer un artículo publicado por “El País” en Babelia el día 19 de julio. En él, Miquel Barceló, uno de los popes del género en España, plantea que la SF es un género en decadencia, que hemos perdido el “sentido de la maravilla” y que no hay sustitutos para las grandes leyendas del género como Clarke, Ballard o Lem.

 

Yo discrepo un poquitín de todo esto. Aunque la cosa anda algo achuchá, creo que todavía hay buenos autores que cultivan la Ciencia-Ficción – gente como Stephenson con sus criptomamotretos – que la mantienen, si no en sus mejores momentos, al menos en un estado de tránsito que permite abrigar esperanzas de cara al futuro. Las penetraciones en el género por autores ajenos a él, como Cormac McArthy o el mismo Saramago, contribuyen incluso a que la SF tenga posibilidades de convertirse en un género serio y respetable (¿?).

 

Otrosí, en la columna del debe tenemos ese montón de autores que han optado por la nada desdeñable alternativa de “vivir de escribir, sea lo que sea”, y han abandonado el género para dedicarse a toda esa morralla repetitiva de espada y brujería, que tanto predicamento tiene hoy en día entre los lectores. (Al que tenga dudas al respecto, le recomiendo encarecidamente que visite la web de una de las librerías que más ha hecho en el pasado por el género (www.gigamesh.com) y compruebe por qué páramos yermos vagan en la actualidad los gustos de los lectores.

 

Confiemos en que se trate sólo de una lamentable moda más, como las Ray- Ban de huevo, los peinados a lo Franz Ferdinand o los pantalones de pitillo.

 

Mientras tanto, ahí sigue el mercado de “Los Invasores”, imperturbable e inalterable ante el paso del tiempo. Igual que los gilipollas.

 

 

h1

Leyendo a los Clásicos

Octubre 6, 2008

Por razones que no vienen al caso, hace unos días le regalé a mi amigo Walter un ejemplar del Oráculo manual y arte de prudencia, conocida obra de Baltasar Gracián. Walter desconocía la existencia de ese libro – de forma justificada ya que no es español y la cultura española no le es cercana – por lo que tuve que darle algo de detalle en relación con mi regalo – Se trata de un libro muy interesante sobre cómo debe ser la conducta de una persona ejemplar. Un clásico…

 

La explicación pareció satisfacerle, pero lo cierto es que hice este comentario sin demasiada convicción ya que he de reconocer que a estas alturas de mi vida todavía no sé qué coño es un clásico.

 

Hay una serie de lecturas que reservo “para las horas bajas”, que utilizo para redescubrir que – como decía W. Benjamin – hasta en los momentos de mayor embrutecimiento es posible encontrar un hombre capaz de los mejores logros. Platón, Montaigne o el propio Gracián son algunos de esos autores a los que recurro eventualmente para congraciarme con la humanidad. Mencionar a alguno de estos escritores en una reunión hace que enseguida salga a relucir el término clásicos y yo, que soy hijo de nuestro tiempo y tengo una formación más científica que humanística que me lleva a medirlo y acotarlo todo, no logro establecer ese nexo común que me permita calificarlos así de forma genérica. Salvo que son muy viejos, pero no es esa una razón que vea suficiente.

 

Ahora está de moda entre los ejecutivos hablar de este asunto y no hay día que en uno de esos periódicos sepia aparezca algún presidente o directivo de empresa diciendo que su vida se inspira en la lectura de los clásicos. Tras esas declaraciones uno siente que puede atisbar la semblanza de un gran profesional, pero también dilecto humanista y hombre de letras. Una especie de samurai de nuestro tiempo que cultiva al tiempo el arte de la espada y el de la pluma.

 

El otro día asistía yo a una conferencia por asuntos de trabajo en el que de nuevo surgió este manido tema como consecuencia de un latinajo de uno de los ponentes. Tras la charla, hablaba yo con uno de esos ejecutivos renacentistas que mencionaba antes, el cual, pese a que a mis ojos nunca se había caracterizado por su excepcional cultura también leía a los clásicos.

 

-          En estos días inciertos, mi libro de cabecera es el Oráculo manual y arte de prudencia – afirmaba con rotundidad.

 

- Magnífica lectura, yo acudo a ella de vez en cuando. ¿Y qué parte es la que te resulta más interesante?.

 

Errbueno, pues… – pareció dudar él – es que no me lo he leído todo…en realidad ahora estoy con el segundo tomo…el de la Prudencia.

 

 Baltasar Gracian - que como se ve tiene la cabeza inclinada – iba a flipar si la levantara

 

Walden_tres@hotmail.com