Va para varios meses que llevo exponiendo al presidente de mi comunidad de vecinos que a determinadas horas clave del día no me llega agua a casa con la presión debida. Esta circunstancia me hace tremendamente incómodo llevar a cabo ciertas actividades que considero que son – o deberían ser – de uso común entre los mortales, como practicar mis abluciones matutinas.
Pese a mi insistencia en denunciar el caso, el presidente de mi finca declina toda responsabilidad. Lejos de poner en marcha cualquier iniciativa resolutiva, el tipo me va señalando con el dedo cada vez a un culpable diferente: el inútil del fontanero que colocó la bomba de agua, el anterior presidente, que no se preocupó, el futuro presidente, que no se preocupará…siempre hay algún hecho singular, algún cabeza de turco depositario de sus iras o algún alineamiento planetario que hace que la solución del entuerto se le haga impracticable y que el asunto se me escape de las manos como un pulpo untado de blandiblú.
La autoexculpación es una actitud tan humana que ha sido largo tiempo analizada por sociólogos. Se cuenta en el mundo de la investigación operativa una anécdota muy aleccionadora al respecto: un grupo de estudiantes debían realizar un experimento basado en la emisión de descargas eléctricas y la respuesta de un sujeto ante ellas. Dichas descargas se aplicaban con una rueda numerada cuyo valor iba de una intensidad leve a una descarga que podría resultar letal.
Al parecer, el mero hecho de que los estudiantes – guiados por un profesor – no asumieran directamente la responsabilidad de sus actos era más que suficiente para someter sin pudor a la persona objeto del experimento a descargas mortales.
Un amigo mío muy leído parece haber analizado más en detalle los entresijos del tema y sostiene que el principio de autoexculpación es una de esas dañinas herencias que nos dejó el judeocristianismo. Al margen de la tradicional práctica de la penitencia y el mea culpa que se practican en momentos puntuales como la Semana Santa, para el judeocristiano que se precie no hay desdicha que no sea achacable a la mala suerte o directamente al maligno. Así, el coger una pulmonía no se deberá a que aquel día de borrachera el judeocristiano se bañó en pelotas en la fuente del parque, sino a otras luctuosas e inesperadas circunstancias que quedan fuera de nuestro control y entendimiento. Dieu lo Volti. Siempre cosa de otro.
No le falta razón a mi amigo: igual nos desentendemos del arreglo de una bomba de agua que abroncamos al Ayuntamiento por la pocilga en la que en los últimos años se han convertido nuestras calles – mientras dejamos a nuestros perros cagarse en la calle por doquier – o ponemos verde al alcalde porque prácticamente no se celebra un miserable concierto de calidad en Albacete, aunque luego no somos capaces de pagar 20€ por ir a uno de ellos las escasas veces que se organizan.
¿Qué por qué somos así?.
Y yo que sé. A mí, que me registren…
Pilatos, ejerciendo frente a Brian la autoexculpación mediante el lavatorio de manos (bien se nota que a él sí le llegaba el agua del grifo con presión)
Walden_tres@hotmail.com








