Archivo de Agosto 2008

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“He bebido 18 vasos de whisky. Creo que es todo un record”

Agosto 28, 2008

Dylan Thomas, autor de la gloriosa cita que encabeza esta entrada y poeta nada blandurrio

Ayer estuve hasta tarde leyendo a Bertrand Russell y su rollo de los conjuntos que no se contienen a si mismos, así que no he dormido nada y me he levantado con el pie izquierdo. A raíz de esta sucesión de hechos, me ha dado por meterme en camisa de once varas y escribir una entrada sobre bloggers que tengan como característica ser de nuestra localidad, (sin incluir este nuestro, claro está, por aquello del guiño a Russell).

Para abrir boca me he ido a cierta página web albaceteña cuyo nombre no quiero acordarme y que tiene enlaces de gente que se dedica a eso de juntar letras de forma más o menos amateur-más o menos profesional y me he puesto a echarles un vistazo.

Concretamente hay un par de páginas que me han llamado la atención. Una de ellas es la de Eloy Cebrián, una web actualizada permanentemente con textos currados, muy entretenidos. Se le nota mano en esto de la escritura, lo cual es una obviedad porque el tipo es escritor. Otra de ellas es la del ubicuo Alberto Aroca, a quien conozco muy vagamente y con quien tengo en común una evidente atracción por la literatura decimonónica, Moriarty y las tríadas de Fumanchú, (bueno, eso y que una vez salió con una prima mía, pero es que Albacete es muy pequeño y estas cosas pasan). El chaval también se lo curra lo suyo, aunque me da que nuestra ciudad no es terreno abonado para cultivar tanto underground.

Además de éstos hay algún otro interesante, diría que muy bueno incluso textual y estéticamente, sobre el que no entro en detalles. Sin embargo, como todos somos animalicos de Dios y después de todo no hay nada nuevo bajo el sol manchego, he podido comprobar que, al igual que en otros lares de semejante pelaje, también prolifera el modelo vate (sin “r” al final) lloroncete, introspectivo, melancólico y existencialista.

Yo, que en poesía contemporánea me van más otras cosas: Panero, Fonollosa, Bukowsky o Dylan Thomas, por ejemplo, quien al parecer en su lecho de muerte dijo la lapidaria frase que encabeza este texto (y es que no se puede negar que hay gente que sabe como morirse), reconozco que en lo que se refiere a la poesía más de lo profundo (que no de profundis) suelo administrarme las dosis con cuentagotas y sólo me doy a autores muy concretos. Supongo que por ello considero que para ciertos viajes no hacen falta e-alforjas. Eso de la poesía new age – “que bonito es el amanecer junto a la persona amada y bla bla” (diabéticos abstenerse) – en general me suele parecer algo casposete y o se hace muy bien o resulta empalagoso, como esos PPTs que me llegan de vez en cuando y que inevitablemente acaban en la papelera de reciclaje.

Y es que con esto de hacer poesía blandurria pasa, como dice un amigo mío, lo que con el inglés – “todo el mundo se cree que se maneja con él con cierta destreza pero en realidad, bilingües, bilingües sólo somos tres”.

Eso es lo que dice él, claro.

Walden_tres@hotmail.com

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Más Pecados Capitales (III)

Agosto 25, 2008

Reconozcámoslo de una vez: en Albacete, en general, NO se come bien.

 

Sé que con esta precipitada reflexión – si se me permite el oxímoron – me echaré a la cara a más de un talibán de la comida manchega que me recordará todo aquello de los duelos y quebrantos del Quijote, las excelencias del atascaburras y toda esa bacanal nutricia que se da en llamar “la cultura gastronómica albaceteña”. Por eso, si me atrevo a escribir esto es sólo bajo el sombrío manto del anonimato y porque al fin y al cabo los que leen esto son cuatro amigos míos mal contados que sabrán perdonar mis excentricidades, (aunque me llamarán pijo).

 

Sin embargo, los hechos son inapelables. Para comprobarlo sólo hay que ver lo que dicen – o mejor dicho, lo que no dicen – las numerosas guías de gastronomía nacional disponibles en cualquier librería (Gourmetour, Michelín…): salvo por muy contados oasis, Albacete es un desierto culinario del tamaño del Sahel.

 

A vueltas con este asunto de la comida, los franceses tienen dos palabras que bajo una sutil diferencia morfológica encierran una gran diferencia semántica: gourmet y gourmand. Se conoce como gourmet a ese personaje selecto, epicúreo y sibarítico que sabe bien lo que come y escoge con tino sus platos. Otra cosa es el gourmand, tragón, tumbaollas o zampabollos, que lejos de comer con tino come con desatino y desafuero, lo engulle todo con unas tragaderas dignas de un remake de “Deep Throat” y no muestra ni juicio ni prejuicio a la hora de trasegarse lo que se le ponga delante sin diferenciar el gato de la liebre, lo vegetal de lo animal o el culo de las témporas.

 

En Albacete, donde abundan los gourmands – no hay más que darse una vuelta por el paseo de la Feria un día de tascas – en vez de BIEN lo que se come es MUCHO. Tal circunstancia se pone de manifiesto de forma notoria en las bodas. De frugal ambigú se calificará el bodorrio en el que al menos no puedas repetir hasta cinco veces la clásica pata de cordero – que dejó de ser lechal mas o menos hace el mismo tiempo que yo – o los inevitables langostinos-congelados-tamaño-kraken-de-Verne. Asimismo, siempre será motivo de regocijo en alguna mesa la presencia del clásico bollagas que, inasequible al desaliento, reclame al camarero repetir cada plato en busca de batir sabe Dios qué record. Y pobre del camarero que no acuda raudo y veloz a la llamada: será abucheado y calificado de avaro y cicatero por toda la mesa hasta que no haya satisfecho plenamente los apetitos de la bestia.

 

Mas todos estos esfuerzos serán infructuosos sin una buena recena. El banquete de Odín se quedará en comistraje miserable si, después de todo lo citado anteriormente, a eso de la media noche no aparece el susodicho camarero – ya ojeroso – con una nueva dosis de rancho esta vez compuesto de medias lunas rellenas, churros o, en los casos mas exquisitos una bandeja de torreznos chuscarrados que harán las delicias del respetable.

 

El veredicto del tribunal se sabrá al día siguiente. Será ése el momento en que, con gran satisfacción, el feliz matrimonio escuchará que varios de los asistentes ahítos de tanto zampar fueron ingresados en el hospital con claros síntomas de indigestión y que uno de ellos, precisamente el fanegas que estuvo sentado a tu lado repitiendo sin hartura ni medida, falleció en una explosión de magma ventral semejante a la de la película “El sentido de la vida”.

 

En ese instante la boda cobrará tintes homéricos, entrará en la categoría de mito, se convertirá en la comidilla (perdón por el juego de palabras) de futuras celebraciones y se perpetuará en la ansiada expresión: “No hemos comido mal (burp!), pero para boda, boda, la del Jonathan y la Choni”.

 

En México, donde hemos pasado nuestras vacaciones, hemos constatado – en contra de la creencia popular de que allí sólo se comen burritos y fajitas – la existencia de una muy apreciable cocina y una variedad inagotable de platos y de materias primas por lo común dosificadas en raciones generosas que permiten ejercer tanto de gourmet como, llegado el caso, de gourmand.

 

Entre toda esa variedad culinaria, una de las cosas que es posible practicar en México es la entomofagia o ingesta de insectos. Aunque no resultaron ser santo de nuestra devoción, durante nuestra estancia pudimos probar algunos platos hechos a base de estos bichitos, como los chapulines, (una especie de saltamontes), gusanos de maguey – innecesaria la descripción – o escamoles. Estos últimos son huevas de un tipo de hormiga bastante grande y con bastante mala hostia de nombre liometropum apiculatum que habita por aquellas latitudes y que son considerados una delicatessen por los expertos.

 

 

En la foto aparece la Marjane aplicándose con deleite en comer un plato de los citados escamoles. Por cierto que no me consta que, pese a que se debió comer más de 200 huevos, sufriera ninguna subida apreciable de colesterol (y aun le veían mérito a Paul Newman en “La leyenda del indomable”).

 

 

Walden_tres@hotmail.com

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Pecados Capitales (II)

Agosto 19, 2008

El lugar en el que vivimos esta singular experiencia fue la muy imperial ciudad de Toledo, capital de nuestra Comunidad de Castilla-La Mancha.

Paseando este verano por una de las calles del centro histórico, tuvimos la oportunidad de hallar un establecimiento que ofrecía espectáculo tan inusual que de inmediato mereció nuestra atención. Atendimos al reclamo gracias al letrero que lo anunciaba y que estaba realizado con la elaborada factura en azulejo que se ve en la foto.

Tan almibarado letrero quedaba más que justificado, pues la excepcionalidad del evento daba para eso y más. En esta nuestra Comunidad – eco al fin y al cabo del país en que vivimos – la gandulería o PEREZA es pecado no sólo capital, sino provincial y hasta local. Como consecuencia, y más tal como nos corre el agua hoy en día, el poder ver a alguien trabajando es acontecimiento insólito y bien merece semejantes alardes anunciantes.

Lamentablemente, cuando quisimos entrar comprobamos que el dinosaurio ya no estaba allí y el establecimiento se encontraba cerrado. Cosa otra hubiera sido muy de extrañar, pues los fenómenos extraños como éste se prodigan poco y son de difícil observación. Al final, nos quedamos con las ganas de presenciar algo tan inaudito e infrecuente como la aurora boreal o el fuego de San Telmo.


P.D.: no me constó la presencia por las cercanías de ninguna Delegación perteneciente a algún Organismo de la Comunidad de Castilla-La Mancha ni ningún otro ente o cosa relacionada con el funcionariado, lo que hubiera dado todavía más enjundia al cartel si cabe.